Tenía el cabello como el azabache, brillante a la luz del sol imitando espectro de colores del ónice; sólo tenía diecisiete años, la piel canela y unos ojos del color del oro emanando una vitalidad que inundaba su pobre y maltrecha casa. Vivía con su abuela materna, sus padres se marcharon a España huyendo de un general corrupto cuando ella aún no andaba. Cuando ellos la dejaron, Carola la recibió con los brazos abiertos, llena de una nueva fe después de que su marido la abandonara con una lechera de Agua Santa. Su precaria economía no le permitía proporcionarle un alimento variado, se limitaba a las gachas de avena (cuando Marisa le llevaba miel, se la incorporaba para aportarle más sustancia) entre semana, y los domingos, y algunos escasos sábados podía permitirse una rodaja de pescado o un trozo de carne de dudosa procedencia.
A pesar de las dificultades monetarias, Alejandra fue creciendo más o menos sana, en una casa dónde bien podría haber muerto por alguna infección. Nunca pudo ir a la escuela, pero su abuela le llevaba algunos libros que le prestaban y le enseñaba a leer y a escribir, ya que antes de la guerra ella fue profesora. A los siete años empezó a preguntar por sus padres, y amablemente Carola le respondía, intentando hacerle el menos daño posible.
Un año, después de salir de la Iglesia con su abuela, Alejandra vio una fruta de color rojo intenso en un tenderete del mercado, al instante, se puso a correr sin que la abuela pudiese detenerla y antes de llegar a cruzar completamente la calle, se paró en seco y se puso a pensar en la forma de pedirle la desconocida fruta al dueño con mirada de lobo. En ese tiempo, un carro la embistió y quedó inconsciente varios minutos. Lo primero que vio al abrir los ojos fue a su abuela y a un niño, de su edad al lado. Susurraban palabras, pero ella no las entendía y volvió a dormirse.
Cuando despertó al cabo de dos días, se sobresaltó al ver un espacio tan ancho, blanco y extremadamente distinto del estrecho y sucio espacio a lo que ella llamaba su habitación. Se dio cuenta de que su abuela dormía, y de que el niño que recordaba del día del accidente la estaba mirando fijamente, con unos ojos verdes. Ella tenía doce años y él, parecía que algunos más. Alejandra se incorporó, y muy suavemente le preguntó quién era y qué hacía allí con su abuela, por que nunca le había visto antes. Él se fue corriendo y no le volvió a ver.
Pasaron tres años y no le quedaron más secuelas del accidente que la regañina de su abuela al volver a casa. Una tarde, Carola se fue a dormir la siesta y no despertó, Alejandra con quince años se quedó sola, pero con muchísimas ganas de vivir y de aprovechar el tiempo, de vivir cada momento como si se fuera a ir a dormir y ya no despertar jamás. No destacaba entre la gente por su pobreza, pero en un mercado repleto de gente solo ella brillaba con luz propia.
A los diecisiete años consiguió trabajo en una posada a las afueras de Agua Santa. Suponía tener que andar desde Rosario hasta allí, pero tendría una fuente de ingresos y podría guardar los pocos pesos que le quedaban por si los necesitaba más adelante.
Una tarde llegó al Hocico Quemado un grupo de hombres que decían ser miembros de la guerrilla de la zona y que necesitaban alojamiento de, por lo menos una semana. Hortensia, la dueña de la posada, le encomendó la tarea de prepararles la habitación a cada uno de ellos y a procurarles que nunca les faltara nada. Eran tres, en un primer vistazo intuyó que los dos más altos y toscos no debían tener más de treinta y cinco años, y que el que parecía más huraño, con la piel azúcar moreno y ojos color hierba mate no tendría más de veintiún años. Durante tres días estuvo preparándoles las camas, los baños, limpiando y llevándole las comidas a cada uno. Descubrió que de los más altos, uno se llamaba Horacio y su voz sonaba más grave que la de Claudio, en cambio, del tercero no pudo saber más que su tono de voz y sus manías a la hora de comer. Ya había pasado una semana desde que llegaron, y su curiosidad por el que iba a llamar “Mate”, iba aumentando.El lunes, anunciaron que se quedarían más tiempo, y siguió con la rutina de cada día.
Una noche le subió a Mate una jarra de vino, entró en la habitación y lo encontró sentado en la cama, con las manos sujetándose la cara y los codos apoyados en las rodillas, ataviado con una camisa blanca desabrochada y unos vaqueros desgastados. Al verla entrar borró esa pose de inmediato y la miró tan fijamente a los ojos que parecía querer bebérselos. Alejandra bajó la mirada, tropezó y derramó la jarra encima la camisa de él, cómo si de sangre se tratara.
– ¡Oh! Lo siento, perdóneme, no era mi intención…
– Tranquila… Es solo una camisa, pero preferiría que me llamaras por mi nombre.
– Pero no sé cómo se llama, señor.
– Alejandro, y te pido que no me llames señor, por favor.
– Voy a buscar algo para recoger esto, perdone el desastre, señ… Alejandro.
– No tardes.
Se apresuró para ir a buscar un trapo y un cubo con agua y jabón, tendría que frotar si no quería que quedase la alfombra manchada. Mientras lo preparaba, se dio cuenta de que nunca había sentido una cosa parecida, y que finalmente, ya sabia su nombre. Alejandro… Ella se llamaba Alejandra, la misma raíz, ya era casualidad. Sin duda cuando se había encontrado con esos ojos hierba mate intentado meterse en su mente, intensos, imperturbables, a la par que dulces y salvajes, no pudo resistir la presión, quedando atrapada como el conejo que espera la muerte ya inevitable delante de su depredador. Y cayó ante eso, se volvió sumisa, su rebeldía latente quedó apaciguada, y cuando se dio cuenta estaba delante de la puerta de su habitación, pero se había dejado el cubo y el trapo abajo. Volvió, entró sin llamar, lo vio con la camisa manchada aún puesta y el aroma a vino que lo impregnaba todo. Se estaba bebiendo el agua que le quedaba de la noche anterior, ya que lo que iba a ser su primer trago en meses quedó encharcado en el suelo.
– Por fin, ya parecía que no ibas a volver y que me ibas a dejar con este olor aquí toda la vida.
– Perdóname, no encontraba el jabón… Se puso a frotar el suelo bajo la atenta mirada del hombre, su negro pelo le caía por los hombros y la cara, y la luz del alumbre de la mesilla de noche hacía que su piel pareciera metálica, brillante.
– No deberías estar aquí.
– ¿Por qué lo dices?
– Eres demasiado extraña para estar aquí.
– ¿Extraña? – Dejó el trapo y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo.
– Sí… Extremadamente extraña, callada, bella.
– El alcohol del vino te ha afectado. Yo solo soy una criada, que no tiene mas que una chabola en medio de una ciudad que parece una pocilga.
– Calla.
- Se arrodilló y le colocó el dedo índice en los labios, con la otra mano le levantó la cara y la besó.
– Tú eras ese niño que estuvo con mi abuela ¿verdad?
– ¡Por fin! En realidad llevaba demasiado tiempo buscando tu mirada perdiéndose en ese tenderete. Pero no sabía por dónde empezar, yo viajaba con mi padre y nunca me quedaba en el mismo lugar. Entonces entré en la guerrilla, conocí a muchas mujeres, no todas “legales”, pero siempre se me aparecían tus ojos y el momento en el que te atropelló el carro.
– Yo no me acordaba de ti… Desde que llegaste me hechizaste, tú y tu posado serio, distante… Se iban acercando, y el olor del vino iba creciendo, embriagándolos mientras se besaban, unidos por un momento pasado y un corriente eléctrico que les sacudía cada vez que se miraban.
– Alejandra… Dejame que te tenga aquí un rato más.
A la mañana siguiente la mancha de vino seguía allí, Alejandro había salido con sus compañeros, y ella esperaba ansiosa su retorno. Aunque no era ansia, era necesidad, necesidad de que la comprendiera mientras la tenía entre sus brazos, de que la amaran aunque solo fuera un pequeño instante, de que alguien pensara en ella como mínimo un día entero. Sintió que en una noche había comprendido lo que era la extrema felicidad, y que aunque no tuviera nada, se había sentido como si lo tuviera todo. Comprendió que necesitaba sus ojos hierba mate y su dulce piel, que ya no había nada que les separara de nuevo. Él volvió al amanecer del día siguiente, con su caballo pardo al galope. Desmontó, la cogió entre los brazos y la besó. Antes de irse a su habitación le dio un paquete, decía que lo abriera a la mañana siguiente. A media noche, ella se dirigió arriba, a su cuarto, abrió la puerta y le vio durmiendo. Dio media vuelta, pero él la llamó.
– ¿Alejandra?
– Sí… Soy yo.
– Ven aquí, por favor. Se acercó, y se arrodilló al lado de su cama, encendió la luz y vio el miedo en sus ojos.
– ¿Qué te pasa?
– Mi padre me busca, bueno, el gobierno, han puesto una orden de búsqueda y captura en todas las ciudades cercanas.
– ¿No me dijiste que te fuiste? ¿Qué hiciste?
– Pertenecer a la guerrilla.
– ¿Entonces?
– No es la guerrilla de siempre… Nosotros matamos por qué sí, por nuestro código.
– Me da igual que hagas lo que haces, pero… No.No… ¿No te irás verdad?
– Debo hacerlo.
– ¡Te necesito!
– No es cierto, puedes vivir sin un asesino.
– Mátame entonces. Ahora que te he conocido no quiero pasar un día de mi vacía vida sin tí, sin tus ojos, sin tus besos, sin tu aroma, sin tu piel, no puedo.
– No pienso matarte, si lo hago, además de perseguirme tu mirada, me va a perseguir tu fantasma. Ya es suficiente el tormento de dejarte atrás una vez te he encontrado por fin, como para tener que cargar con la culpa de ser un egoísta que quiere terminar con tu vida para que no vayas con otro.
– Entonces llévame contigo y no me dejes.
– No puedo.
Ella se lanzó encima de él y le besó, intentó que ese momento no acabara nunca, que lo que le había dicho era una simple pesadilla. Recordó cómo se dormía entre sus brazos, oliéndole, sintiéndole. Un rayo de sol la despertó por la mañana, vio el paquete a su lado y lo abrió; un vestido y un perfume, se los puso; leyó la carta, sus ojos se encharcaron, fue a por vino y unas hierbas. No dejó ni una gota, se durmió lentamente y luego ya no despertó. Y entonces él la encontró como una mariposa que antes fue una oruga, ataviada con galas nunca esperadas y con el sabor del vino como un beso agridulce en la boca. Él no se había ido, pero no podría aguantar el dolor de vivir sin el oro de sus ojos y finalmente, su vida fue desvaneciéndose también.
Nota: He encontrado ésto mientras hacía limpieza en el disco duro externo, es del año pasado, de cuando había jugado mucho a Assassin’s Creed y había leido hasta la saciedad Romeo y Julieta. Espero que me perdonéis.