Una de muchas noches

5 06 2011

Abrí los ojos con la estúpida e instintiva intención de ver algo entre las tinieblas de la habitación mientras en mi cabeza rondaba la típica pregunta de “¿Qué hora debe ser?”, pero supuse que por la oscuridad –mucho más brillante que en otros momentos de la noche– y el ambiente debían ser las dos o las tres de la madrugada.

A esa hora una brisa fresca entraba por la ventana entreabierta, y aunque estábamos en pleno Julio,  me acurruqué bajo las finas sábanas y pensé en levantarme para cerrarla cuando el frío venciera a la pereza y el sueño.

Me giré hacia el otro lado de la cama y allí estabas tú, durmiendo, tranquilo, con una sonrisa latente y un respirar pausado. Me hubiera gustado saber qué estabas soñando.  Me acerqué lo suficiente para oír el latido de tu corazón y notar tu calor y luego me levanté.

Se me antojó ir al jardín, así que poniéndome la camisa blanca que habías dejado encima de la cama antes de acostarte salí de la habitación –no sin antes cerrar la ventana– y bajé las escaleras de la pequeña casita de madera procurando hacer el menor ruido posible para no despertarte.

Sólo la luna iluminaba  la noche en las afueras de la ciudad, creando una atmosfera mágica bajo el cerezo que se alzaba en el centro del jardín. Las estrellas se veían con claridad, y la brisa hacía que el césped y las hojas de los árboles y plantas bailaran con un ritmo suave y harmónico, casi hipnótico.

Me tumbé en la hamaca, en un intento vano de contar las estrellas que aquella noche se daban cita encima de ese pequeño mundo que era nuestra casa. La brisa soplaba cada vez más fuerte y acabé hecha un ovillo, envuelta en tu camisa. El sueño parecía no querer acercarse y el frío veraniego calaba en mi piel.

Entonces apareciste tú,  con el pelo revuelto, medio dormido, bostezando y con una manta fina en las manos. Me preguntaste que qué hacía despierta a esas horas y que por qué había dejado ese hueco en la cama que tan poco te gustaba. Te dije que no podía dormir y que me apetecía salir un rato fuera. No hacía falta decir nada más. Te tumbaste a mi lado, me abrazaste, me diste un beso en la frente y echaste la manta por encima. Miramos las estrellas en silencio, sonreímos, y yo me quedé dormida entre tus cálidos brazos.





~ (II)

3 06 2011

Finalmente aquí dejo la traducción del texto con el que gané el concurso literario de mi instituto en el apartado de narrativa:

Te preguntaste qué hacías sentado sobre la arena mojada y oscurecida de la playa, después de la tormenta de verano de aquella tarde. Te preguntaste qué impulso había sido el culpable de que estuvieras allí, respirando una brisa marina pesada, endulzada por la lluvia, mientras el bochorno te humedecía la piel. Te preguntaste donde estaba tu racionalidad ahora, donde había quedado escondida. Quizás había sentido vértigo y necesitaba cerrar los ojos.
Cerraste los ojos.
Cerraste los ojos e intentaste ver algo.
¿Ver? Sentir. Sentiste un golpe al pecho, fuerte y frío; una mezcla de culpabilidad, pena, ira y dolor, y la pregunta de siempre: “¿por qué?”.
¿Por qué no te habías quedado en casa, indiferente, tal como le habías hecho ver a ella? ¿Por qué todos aquellos sentimientos ahora te golpeaban, llenos de brutalidad y odio? ¿Por qué todos los esquemas planteados por tu pensamiento antes de actuar habían quedado por tierra? ¿Por qué tu sistema supuestamente infalible había fallado?
Quizás no habías incluido algún factor. Quizás… Quizás te habías dejado lo más importante. Entonces abriste los ojos y las lágrimas saladas no te dejaron ver que el mar había calmado su furia y que un pequeño rayo de Sol salía entre las nubes grises y caóticas del cielo de la tarde.
Lo más importante. ¿Qué era lo que tú considerabas lo más importante? Ciertamente, tu egoísmo narcisista no te había dejado ver más allá de ti mismo.
El hecho de darte cuenta que habías pasado por alto aquello que había hecho que fueses quién eres hizo que los golpes del pecho se hicieran casi insoportables. Tu respiración se volvió agónica. Lloraste. Gritaste. Lo viste claro, y esto lo hacía todo mucho más doloroso. Tu orgullo se vio herido de muerte, tus murallas quedaron totalmente destrozadas, ya sólo eran escombros viejos. Te maldijiste, te odiaste, te odiaste hasta el punto de darte asco, de repugnarte.
“Vete. Yo no te lo impediré, pero tampoco vendré contigo. Tengo demasiadas cosas aquí para dejarlas ahora.”
Pensaste que todas aquellas cosas eran suficientes para sustituirla, pensabas que ella era sólo una pequeña parte de tu mundo, que este podría seguir girando sin aquella parte. Que sería sencillo y que quizás algún día volvía.
Volviste a cerrar los ojos con fuerza, intentando que, al abrirlos, nada hubiera sucedido. Pero no tuviste el valor de hacerlo, sabías que las cosas no habrían cambiado.
Te diste cuenta de que, simplemente, la querías. Te diste cuenta que ella no era sólo una parte pequeña y sustituible de tu mundo, si no que lo conformaba, le daba forma, lo sostenía creando una armonía casi imperceptible, suave, pero adictiva, una armonía que se hacía necesaria en el momento en que la apartabas de tu lado.
Y esto te dio la respuesta a todas las preguntas que te habías formulado, mientras otras brotaban de tu mente turbulenta.
¿Podrías volver a sentir sus caricias tenues? ¿Su aliento dulce suspirando a tu nuca? ¿Su mano a tu cara cuando te hablaba con su voz calmada? ¿Sus labios sonrientes a punto de posarse en los tuyos? ¿Podrías volver a gritar que la quieres?
Abriste los ojos.
Ya eran las siete de la tarde, ella hacía una hora que había cogido el avión.
Por primera vez pensaste que no había nada perdido del todo.





~

3 04 2011

Aquí dejo el texto que hice a última hora para el concurso literario de mi instituto, quizá si me animo algún día haga la traducción…

Et vas preguntar què feies assegut sobre la sorra molla i enfosquida de la platja, després de la tempesta d’estiu d’aquella tarda. Et vas preguntar quin impuls havia estat el culpable de que fossis allà, respirant una brisa marina pesada, endolcida per la pluja, mentre la xafogor t’humitejava la pell. Et vas preguntar on era la teva racionalitat ara, on havia quedat amagada. Potser havia sentit vertigen i necessitava tancar els ulls.

Vas tancar els ulls.

Vas tancar els ulls i vas intentar veure alguna cosa.

Veure? Sentir. Vas sentir un cop al pit, fort i fred, angoixós; una mescla de culpabilitat, pena, ira i dolor, i la pregunta de sempre: “per què?”.

Per què no t’havies quedat a casa, indiferent, tal com li havies fet veure a ella? Per què tots aquells sentiments ara et colpejaven, plens de brutalitat i odi? Per què tots els esquemes plantejats per el teu pensament abans d’actuar havien quedat per terra? Per què el teu sistema suposat infalible havia fallat?

Potser no havies inclòs algun factor. Potser… Potser t’havies deixat el més important. Aleshores vas obrir els ulls i un tel de llàgrimes salades no et deixava veure que el mar havia calmat la seva fúria i que un petit raig de sol sortia entre els núvols grisos i caòtics del cel de la tarda.

El més important. Què era el que tu consideraves el més important? Certament, el teu egoisme narcisista no t’havia deixat veure més enllà de tu mateix.

El fet d’adonar-te que havies passat per alt allò que havia fet que fossis qui ets va fer que aquell colpeix al pit es fes gairebé insuportable. La teva respiració es va tornar agònica. Vas plorar. Vas cridar. Ho vas veure clar, i això ho feia tot molt més dolorós. El teu orgull es va veure ferit de mort, les teves muralles van quedar totalment destrossades, ja només eren runes velles. Vas maleir-te, et vas odiar, et vas odiar fins al punt de fer-te fàstic, de repugnar-te.

“Marxa. Jo no t’ho impediré, però tampoc vindré amb tu. Tinc masses coses aquí per a deixar-les ara.”

Vas pensar que totes aquelles coses eren suficients per substituir-la, pensaves que ella era només una petita part del teu món, que aquest podria seguir girant sense aquella part. Que seria senzill i que potser algun dia tornava.

Vas tornar a tancar els ulls fort, intentant que, al obrir-los, res hagués succeït. Però no vas tenir el valor de fer-ho, sabies que les coses no haurien canviat.

Et vas adonar de que, simplement, l’estimaves. Et vas adonar que ella no era només una part petita i substituïble del teu món, si no que el conformava, li donava forma, el sostenia creant una harmonia casi imperceptible, suau, però addictiva, una harmonia que es feia necessària en el moment en què l’apartaves del teu costat.

I això va donar la resposta a totes les preguntes que t’havies formulat, mentre unes altres brollaven de la teva ment turbulenta.

Podries tornar a sentir les seves carícies tènues? El seu alè dolç sospirant al teu clatell? La seva mà a la teva cara quan et parlava amb la seva veu calmada? Els seus llavis somrients a punt de parar-se als teus? Podries tornar a cridar que l’estimes?

Vas obrir els ulls.

Ja eren les set de la tarda, ella feia una hora que havia agafat l’avió.

Per primera vegada vas pensar que no hi havia res perdut del tot.





Preso.

18 02 2011

Hacía tiempo que había perdido la noción del tiempo, aunque para él no era más que una simple palabra. ¿Por qué debía preocuparse del tiempo cuando allí no era importante? ¿Por qué tenía que saber que era de noche o de día si de todas formas no podría salir a ver la luz del sol o a saludar a la luna? Había pasado de intentar buscar desesperadamente una referencia horaria a buscar desesperadamente una forma de no morir ahogado en sus propios pensamientos. Por que pensaba demasiado. No. Primero no pensaba, soñaba, y el sueño le inducía esperanza y ésta esperanza, cruel, lo torturaba con su magia hasta que desaparecía, asesinada por cuatro paredes y un candado aparentemente sin llave. Al darse cuenta, dejó de dormir y con ello, de soñar. Entoces sí que se puso a pensar. ¿Que en qué pensaba? En escapar, ¿qué si no? Buscó infinidad de maneras con las que salir de allí, todas las que pudieron pasar por su mente antes de decidir dejar de pensar. Cuando pensaba, la esperanza, cuál fénix, volvía, le seducía y le engañaba, hasta que la cordura, casi moribunda, asestaba uno de sus golpes y volvía a esfumarse. Entonces, la cordura, le hablaba en susurros leves, casi inaudibles, y le decía que lo olvidara todo, que se limitara a tener los ojos abiertos y la mente en blanco, que todos desaparecerían en cuanto se lo propusiera. Así lo hizo. Y se fueron.
Calma. La nada dentro de unas paredes sin forma concreta, que quizá eran de color, pero la oscuridad sólo dejaba ver tonos grises y a veces, ni siquiera tonos. Un silencio sepulcral roto en ocasiones por breves golpes. Y él intentaba hacer lo que le dijo la cordura, pero a veces cerraba los párpados unos instantes y no podía evitar volver a caer en el turbulento espiral de sus pensamientos, dónde se encontraba con la melancolía y la tristeza al preguntarse que por qué lo habían encarcelado ahí. Luego retornaba al “stand by”.

Fué en uno de esos momentos en los que dejaba de tener la mente en blanco, en el que supuso que fuera hacía sol. O que quizá no, pero notó un ambiente distinto, menos pesado e incluso menos gris dentro de su celda. Se sorprendió, movió su cuerpo, acartonado, débil y miró hacia los barrotes de la puerta. Seguía sin haber candado. Dió vueltas en círculo, ya no se acordaba de lo de moverse tampoco, saltó.
Sonaron los golpes de nuevo, y apareció su carcelero:
- ¿Cuánto llevas aquí?
- Tú sabrás, tú me encerraste aquí.
- ¿No lo has contado?
- ¿Para qué si no voy a salir? ¡La puerta no tiene ni candado! ¿Por qué he estado todo éste maldito tiempo aquí?
- Por tu bien. ¿A caso querías morir por nada? ¿Querías morir sin ser motivo de algo? ¿Salir y darte cuenta de que no has servido para nada, que has sido un mero respirar?
- No.
- Te encerré aquí por que no quería desperdiciarte, no me gustaba la idea de que dieras tu vida por otro de mis muchos errores. Pero ahora que no me equivoco, eres libre.
Entonces la puerta desapareció y supo que todo había terminado. Lo bueno y lo malo. Se dirigió otra vez a su carcelero:
- ¿Valdrá la pena morir por ello?
- Sin duda.
Creo que lloró, pero él sabía que ese momento era el que siempre había estado esperando.
Subió unas escaleras, miró atrás, oyó al corazón que le daba las gracias. Sonrió. Sintió otra sonrisa y escapó. Vio que todo tenía sentido, que siempre lo había tenido. En ese preciso instante murió, y el suspiro se fundió con el aire.





Mirador – Ronda

30 12 2010

Desde el mirador se oían las campanas de Santa María la Mayor dando las ocho en punto. El sol había empezado a bajar, así como el calor seco que azotaba la ciudad de Ronda en los días de verano. Una suave brisa soplaba en la alameda de Pedro Romero, que en la pérgola se transformaba en aullidos tristes, mientras el atardecer cubría la sierra de tonos naranjas y rojos y las sombras se alargaban cómo si de grotescas figuras se tratase.

El balcón, con sus vistas majestuosas, se había convertido en el lugar favorito de las parejas que todavía rondaban por allí, arropadas por el aura mágica que adquiría el lugar, que poco a poco se tornaba silencioso y oscuro a medida que el sol se desvanecía con la promesa de volver al día siguiente.

Y al desaparecer, se esfumaba también la magia romántica. Oscuridad, rota solamente por las hogueras encendidas en los campos de los alrededores y las pocas farolas que alumbran, a lo lejos, la plaza de toros. El silencio, casi sepulcral, era frágil ante las voces de algunos transeúntes que aprovechaban la agradable temperatura para pasear, algo temerosos, entre los naranjos de la alameda para llegar finalmente al mirador y observar el fuego de las hogueras danzar a lo lejos. Podías oír algún gato maullando y algún perro ladrando, como contestación o, quizá, provocación; podías dar rienda suelta a tu imaginación, que se perdía entre las líneas de árboles y, mirando hacia atrás, también entre la inmensidad de una sierra oscura y tenebrosa.

Te llegaba a veces, dependiendo del viento, el sonido de la guitarra y el acordeón de los que tocaban en la terraza del Parador, acompañado por las risas de los comensales y huéspedes; también la risa algo tímida de las parejas que querían perderse o esconderse en algún rincón o, simplemente, asomarse al balcón, suspirar y besarse. Efímeras ráfagas de sonido y vitalidad que te sacaban de la melancolía que ese lugar podía producirte.





Pequeñas frases (II)

8 12 2010

Tengo un plan. Empieza aquí, y aunque ni yo misma sé dónde acaba, juro que es el mejor que oirás jamás.





Relato corto (I)

8 12 2010

Tenía el cabello como el azabache, brillante a la luz del sol imitando espectro de colores del ónice; sólo tenía diecisiete años, la piel canela y unos ojos del color del oro emanando una vitalidad que inundaba su pobre y maltrecha casa. Vivía con su abuela materna, sus padres se marcharon a España huyendo de un general corrupto cuando ella aún no andaba. Cuando ellos la dejaron, Carola la recibió con los brazos abiertos, llena de una nueva fe después de que su marido la abandonara con una lechera de Agua Santa. Su precaria economía no le permitía proporcionarle un alimento variado, se limitaba a las gachas de avena (cuando Marisa le llevaba miel, se la incorporaba para aportarle más sustancia) entre semana, y los domingos, y algunos escasos sábados podía permitirse una rodaja de pescado o un trozo de carne de dudosa procedencia.

A pesar de las dificultades monetarias, Alejandra fue creciendo más o menos sana, en una casa dónde bien podría haber muerto por alguna infección. Nunca pudo ir a la escuela, pero su abuela le llevaba algunos libros que le prestaban y le enseñaba a leer y a escribir, ya que antes de la guerra ella fue profesora. A los siete años empezó a preguntar por sus padres, y amablemente Carola le respondía, intentando hacerle el menos daño posible.

Un año, después de salir de la Iglesia con su abuela, Alejandra vio una fruta de color rojo intenso en un tenderete del mercado, al instante, se puso a correr sin que la abuela pudiese detenerla y antes de llegar a cruzar completamente la calle, se paró en seco y se puso a pensar en la forma de pedirle la desconocida fruta al dueño con mirada de lobo. En ese tiempo, un carro la embistió y quedó inconsciente varios minutos. Lo primero que vio al abrir los ojos fue a su abuela y a un niño, de su edad al lado. Susurraban palabras, pero ella no las entendía y volvió a dormirse.

Cuando despertó al cabo de dos días, se sobresaltó al ver un espacio tan ancho, blanco y extremadamente distinto del estrecho y sucio espacio a lo que ella llamaba su habitación. Se dio cuenta de que su abuela dormía, y de que el niño que recordaba del día del accidente la estaba mirando fijamente, con unos ojos verdes. Ella tenía doce años y él, parecía que algunos más. Alejandra se incorporó, y muy suavemente le preguntó quién era y qué hacía allí con su abuela, por que nunca le había visto antes. Él se fue corriendo y no le volvió a ver.

Pasaron tres años y no le quedaron más secuelas del accidente que la regañina de su abuela al volver a casa. Una tarde, Carola se fue a dormir la siesta y no despertó, Alejandra con quince años se quedó sola, pero con muchísimas ganas de vivir y de aprovechar el tiempo, de vivir cada momento como si se fuera a ir a dormir y ya no despertar jamás. No destacaba entre la gente por su pobreza, pero en un mercado repleto de gente solo ella brillaba con luz propia.

A los diecisiete años consiguió trabajo en una posada a las afueras de Agua Santa. Suponía tener que andar desde Rosario hasta allí, pero tendría una fuente de ingresos y podría guardar los pocos pesos que le quedaban por si los necesitaba más adelante.

Una tarde llegó al Hocico Quemado un grupo de hombres que decían ser miembros de la guerrilla de la zona y que necesitaban alojamiento de, por lo menos una semana. Hortensia, la dueña de la posada, le encomendó la tarea de prepararles la habitación a cada uno de ellos y a procurarles que nunca les faltara nada. Eran tres, en un primer vistazo intuyó que los dos más altos y toscos no debían tener más de treinta y cinco años, y que el que parecía más huraño, con la piel azúcar moreno y ojos color hierba mate no tendría más de veintiún años. Durante tres días estuvo preparándoles las camas, los baños, limpiando y llevándole las comidas a cada uno. Descubrió que de los más altos, uno se llamaba Horacio y su voz sonaba más grave que la de Claudio, en cambio, del tercero no pudo saber más que su tono de voz y sus manías a la hora de comer. Ya había pasado una semana desde que llegaron, y su curiosidad por el que iba a llamar “Mate”, iba aumentando.El lunes, anunciaron que se quedarían más tiempo, y siguió con la rutina de cada día.

Una noche le subió a Mate una jarra de vino, entró en la habitación y lo encontró sentado en la cama, con las manos sujetándose la cara y los codos apoyados en las rodillas, ataviado con una camisa blanca desabrochada y unos vaqueros desgastados. Al verla entrar borró esa pose de inmediato y la miró tan fijamente a los ojos que parecía querer bebérselos. Alejandra bajó la mirada, tropezó y derramó la jarra encima la camisa de él, cómo si de sangre se tratara.

– ¡Oh! Lo siento, perdóneme, no era mi intención…

– Tranquila… Es solo una camisa, pero preferiría que me llamaras por mi nombre.

– Pero no sé cómo se llama, señor.

– Alejandro, y te pido que no me llames señor, por favor.

– Voy a buscar algo para recoger esto, perdone el desastre, señ… Alejandro.

– No tardes.

Se apresuró para ir a buscar un trapo y un cubo con agua y jabón, tendría que frotar si no quería que quedase la alfombra manchada. Mientras lo preparaba, se dio cuenta de que nunca había sentido una cosa parecida, y que finalmente, ya sabia su nombre. Alejandro… Ella se llamaba Alejandra, la misma raíz, ya era casualidad. Sin duda cuando se había encontrado con esos ojos hierba mate intentado meterse en su mente, intensos, imperturbables, a la par que dulces y salvajes, no pudo resistir la presión, quedando atrapada como el conejo que espera la muerte ya inevitable delante de su depredador. Y cayó ante eso, se volvió sumisa, su rebeldía latente quedó apaciguada, y cuando se dio cuenta estaba delante de la puerta de su habitación, pero se había dejado el cubo y el trapo abajo. Volvió, entró sin llamar, lo vio con la camisa manchada aún puesta y el aroma a vino que lo impregnaba todo. Se estaba bebiendo el agua que le quedaba de la noche anterior, ya que lo que iba a ser su primer trago en meses quedó encharcado en el suelo.

– Por fin, ya parecía que no ibas a volver y que me ibas a dejar con este olor aquí toda la vida.

– Perdóname, no encontraba el jabón… Se puso a frotar el suelo bajo la atenta mirada del hombre, su negro pelo le caía por los hombros y la cara, y la luz del alumbre de la mesilla de noche hacía que su piel pareciera metálica, brillante.

– No deberías estar aquí.

– ¿Por qué lo dices?

– Eres demasiado extraña para estar aquí.

– ¿Extraña? – Dejó el trapo y se sentó con las piernas cruzadas en el suelo.

– Sí… Extremadamente extraña, callada, bella.

– El alcohol del vino te ha afectado. Yo solo soy una criada, que no tiene mas que una chabola en medio de una ciudad que parece una pocilga.

– Calla.

- Se arrodilló y le colocó el dedo índice en los labios, con la otra mano le levantó la cara y la besó.

– Tú eras ese niño que estuvo con mi abuela ¿verdad?

– ¡Por fin! En realidad llevaba demasiado tiempo buscando tu mirada perdiéndose en ese tenderete. Pero no sabía por dónde empezar, yo viajaba con mi padre y nunca me quedaba en el mismo lugar. Entonces entré en la guerrilla, conocí a muchas mujeres, no todas “legales”, pero siempre se me aparecían tus ojos y el momento en el que te atropelló el carro.

– Yo no me acordaba de ti… Desde que llegaste me hechizaste, tú y tu posado serio, distante… Se iban acercando, y el olor del vino iba creciendo, embriagándolos mientras se besaban, unidos por un momento pasado y un corriente eléctrico que les sacudía cada vez que se miraban.

– Alejandra… Dejame que te tenga aquí un rato más.

A la mañana siguiente la mancha de vino seguía allí, Alejandro había salido con sus compañeros, y ella esperaba ansiosa su retorno. Aunque no era ansia, era necesidad, necesidad de que la comprendiera mientras la tenía entre sus brazos, de que la amaran aunque solo fuera un pequeño instante, de que alguien pensara en ella como mínimo un día entero. Sintió que en una noche había comprendido lo que era la extrema felicidad, y que aunque no tuviera nada, se había sentido como si lo tuviera todo. Comprendió que necesitaba sus ojos hierba mate y su dulce piel, que ya no había nada que les separara de nuevo. Él volvió al amanecer del día siguiente, con su caballo pardo al galope. Desmontó, la cogió entre los brazos y la besó. Antes de irse a su habitación le dio un paquete, decía que lo abriera a la mañana siguiente. A media noche, ella se dirigió arriba, a su cuarto, abrió la puerta y le vio durmiendo. Dio media vuelta, pero él la llamó.

– ¿Alejandra?

– Sí… Soy yo.

– Ven aquí, por favor. Se acercó, y se arrodilló al lado de su cama, encendió la luz y vio el miedo en sus ojos.

– ¿Qué te pasa?

– Mi padre me busca, bueno, el gobierno, han puesto una orden de búsqueda y captura en todas las ciudades cercanas.

– ¿No me dijiste que te fuiste? ¿Qué hiciste?

– Pertenecer a la guerrilla.

– ¿Entonces?

– No es la guerrilla de siempre… Nosotros matamos por qué sí, por nuestro código.

– Me da igual que hagas lo que haces, pero… No.No… ¿No te irás verdad?

– Debo hacerlo.

– ¡Te necesito!

– No es cierto, puedes vivir sin un asesino.

– Mátame entonces. Ahora que te he conocido no quiero pasar un día de mi vacía vida sin tí, sin tus ojos, sin tus besos, sin tu aroma, sin tu piel, no puedo.

– No pienso matarte, si lo hago, además de perseguirme tu mirada, me va a perseguir tu fantasma. Ya es suficiente el tormento de dejarte atrás una vez te he encontrado por fin, como para tener que cargar con la culpa de ser un egoísta que quiere terminar con tu vida para que no vayas con otro.

– Entonces llévame contigo y no me dejes.

– No puedo.

Ella se lanzó encima de él y le besó, intentó que ese momento no acabara nunca, que lo que le había dicho era una simple pesadilla. Recordó cómo se dormía entre sus brazos, oliéndole, sintiéndole. Un rayo de sol la despertó por la mañana, vio el paquete a su lado y lo abrió; un vestido y un perfume, se los puso; leyó la carta, sus ojos se encharcaron, fue a por vino y unas hierbas. No dejó ni una gota, se durmió lentamente y luego ya no despertó. Y entonces él la encontró como una mariposa que antes fue una oruga, ataviada con galas nunca esperadas y con el sabor del vino como un beso agridulce en la boca. Él no se había ido, pero no podría aguantar el dolor de vivir sin el oro de sus ojos y finalmente, su vida fue desvaneciéndose también.

 

Nota: He encontrado ésto mientras hacía limpieza en el disco duro externo, es del año pasado, de cuando había jugado mucho a Assassin’s Creed y había leido hasta la saciedad Romeo y Julieta. Espero que me perdonéis.








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