Una de muchas noches

5 06 2011

Abrí los ojos con la estúpida e instintiva intención de ver algo entre las tinieblas de la habitación mientras en mi cabeza rondaba la típica pregunta de “¿Qué hora debe ser?”, pero supuse que por la oscuridad –mucho más brillante que en otros momentos de la noche– y el ambiente debían ser las dos o las tres de la madrugada.

A esa hora una brisa fresca entraba por la ventana entreabierta, y aunque estábamos en pleno Julio,  me acurruqué bajo las finas sábanas y pensé en levantarme para cerrarla cuando el frío venciera a la pereza y el sueño.

Me giré hacia el otro lado de la cama y allí estabas tú, durmiendo, tranquilo, con una sonrisa latente y un respirar pausado. Me hubiera gustado saber qué estabas soñando.  Me acerqué lo suficiente para oír el latido de tu corazón y notar tu calor y luego me levanté.

Se me antojó ir al jardín, así que poniéndome la camisa blanca que habías dejado encima de la cama antes de acostarte salí de la habitación –no sin antes cerrar la ventana– y bajé las escaleras de la pequeña casita de madera procurando hacer el menor ruido posible para no despertarte.

Sólo la luna iluminaba  la noche en las afueras de la ciudad, creando una atmosfera mágica bajo el cerezo que se alzaba en el centro del jardín. Las estrellas se veían con claridad, y la brisa hacía que el césped y las hojas de los árboles y plantas bailaran con un ritmo suave y harmónico, casi hipnótico.

Me tumbé en la hamaca, en un intento vano de contar las estrellas que aquella noche se daban cita encima de ese pequeño mundo que era nuestra casa. La brisa soplaba cada vez más fuerte y acabé hecha un ovillo, envuelta en tu camisa. El sueño parecía no querer acercarse y el frío veraniego calaba en mi piel.

Entonces apareciste tú,  con el pelo revuelto, medio dormido, bostezando y con una manta fina en las manos. Me preguntaste que qué hacía despierta a esas horas y que por qué había dejado ese hueco en la cama que tan poco te gustaba. Te dije que no podía dormir y que me apetecía salir un rato fuera. No hacía falta decir nada más. Te tumbaste a mi lado, me abrazaste, me diste un beso en la frente y echaste la manta por encima. Miramos las estrellas en silencio, sonreímos, y yo me quedé dormida entre tus cálidos brazos.

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